Ruido

Es extraño las cosas que puedes llegar a echar de menos. Nos pasamos la vida quejándonos de lo que consideramos odioso, hasta que esas cosas desaparecen. Quieres que la puerta de la habitación esté siempre cerrada, la tapa del váter siempre bajada, el mando de la TV encima de la mesa, no más ronquidos por la noche. Repites una y otra vez que las cosas han de hacerse así, hasta que llega el día en el que la noche es tan silenciosa, que puedes oír tus propios pensamientos, que el mando ya no se ha colado entre los huecos del sofá, que la tapa del lavabo está bajada y la puerta de la habitación ya nunca está abierta. Todo está como debe estar. En ese momento te das cuenta de lo mucho que desearías que no fuera así. Deseas el ruido.
-¿En qué piensas? -me preguntó Dani, después de un largo silencio que comenzaba a resultar incómodo.
Demasiadas veces había planteado yo esa pregunta, y demasiadas veces había recibido como respuesta una mentira, o un silencio que me había hecho más daño del que podía recordar.
-En el ruido.
-Pero si no hay ruido -obvió agudizando el oído.
No, desgraciadamente ya no lo había. Excepto el que yo podía hacer por la noche, esos gritos de rabia que emitía cada vez que recordaba esas cosas que intentaba olvidar al lado de Dani.

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