La Número Seis

S
ólo tenía ganas de llorar, y mis lágrimas se perdían junto a la lluvia de diciembre. No tenía a dónde ir, pero mis pies eran incapaces de detenerse. No podría decir cuánto tiempo estuve caminando, pero me pareció una eternidad entre las calles desiertas de una ciudad desconocida vestida de navidad.
Su rostro era lo único que se me pasaba por la cabeza. Esa expresión desoladora que había adoptado al oír que yo era La Número Seis. Por unos interminables segundos se enfadó. Me odió por no haber sido capaz de confiar en él y habérselo dicho. Después lloró. Era la primera vez que le veía llorar, hundido, roto, desquebrajado, incapaz de ayudarme, atormentándose por no poder cambiar lo que me había sucedido antes de haberlo conocido. A continuación se calmó. Trató de pensar lo que debíamos hacer, lo que era mejor. Había posado sus firmes manos en mis hombros y me había suplicado que se lo contara todo a la policía. Pero no fue eso lo que me hizo huir de su lado. No fue eso, ni su ira, ni sus llantos. Fue su última mirada. Sentía pena, lástima por mí. El cómo fui capaz de marcharme de su casa sin que él lograra impedírmelo, se escapa ahora de mi conocimiento.
A pesar de que estaba empapada por la furiosa lluvia, y apenas llevaba un fino jersey encima, no sentía frío. La fuerte ráfaga de viento que me acosaba y convertía la ciudad en un paraje fantasma, se había atenuado. Me detuve frente a una iglesia vieja y apartada. Podía impregnarme desde la entrada del calor que albergaba en su interior, habitado escasamente por una docena de feligreses, algunos arrodillados ante la torturada imagen del Hijo de Dios. Entré al recinto y caminé por el pasillo central sin saber realmente qué buscaba. Un sacerdote de poca estatura y algo pasado de peso se acercó a mí. Me preguntó qué me pasaba, pero no supe qué responderle. Me rodeó con una manta que sacó de una caja llena de ropa usada y me ofreció confesión.
–Nunca antes me había confesado –reconocí mientras entraba en el confesionario, bañado por una oscuridad en la que me sentía cómoda y segura.
Entre el párroco y yo había un firme tablón de madera que nos separaba. El olor a barniz se impregnaba en mis fosas nasales y desviaba mi atención por momentos. Una fina luz que asolaba entre los respiraderos me permitía ver los ojos difuminados del siervo de Dios.
– ¿Crees en El Señor? –me preguntó, cuando se hubo acomodado en el lugar que le correspondía. Su voz sonaba amena y segura.
–No lo sé –respondí en un susurró.
–Una respuesta empañada por la duda siempre alberga algo de fe.
Había apoyado la nuca contra la pared y cerrado los ojos. Podía ver ahora sus labios, que permanecían inmóviles a la espera de una réplica que nunca llegó.
–Pareces perdida. Pero no hablo de tu cuerpo, sino de tu alma –me dijo.
–Necesito que pare, que mi cabeza deje de pensar en ello. Necesito volver a vivir –evoqué llevándome las manos a la cabeza para frenar el torrente de imágenes que proyectaban mis recuerdos.
–Tienes que dejar salir a tus demonios.
–No puedo.
–Tienes que contármelo. Cuéntame lo que te atormenta.
La luz iluminaba ahora sus labios, que emitían una petición clara y concisa. “Cuéntamelo”. Sonaba como un susurro procedente de un eco lejano y misterioso. Se incorporó y miró a través del respiradero tallado en la madera barnizada.
–Te preocupa que tu secreto salga de este confesionario, ¿no es así?
Asentí con la cabeza. No sé si pudo ver mi gesto, pero estaba segura de que apreció en la profundidad de mi mirada los demonios que devoraban mis entrañas. Sus pupilas se dilataron levemente.
–Estás bajo secreto de confesión. No hay nada que puedas contarme que yo pueda reproducir a otros. La única excepción es que, propagando lo que tú me cuentes, pueda salvar una vida. ¿Es ese el caso?
–No.
–Entonces, ¿de qué se trata?
–He matado, padre, he matado a dos hombres.
El silencio invadió nuestro refugio durante unos instantes. El débil sonido de los movimientos lentos del párroco aumentó la tensión que sentía. Su respiración parecía calmada y el vaho que expulsaban sus pulmones me rozaba la cara tras colarse entre el respiradero.
–Yo soy La Número Seis –concluí.
Sonaron las campanas de la iglesia anunciando la hora. Contaba las campanadas tratando de relajar mis pulsaciones, pero cuando tan solo había contado siete, el hombre rompió su silencio.


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2 comentarios:

  1. Increíble entrada andrea. felicidades por lo de tu libro, yo te lo comprare segudo!

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  2. Espero que pronto lo pueda tener en mis manos. Ansiosa e intrigada. NUNCA DEJES DE ESCRIBIR pues algunos nos metenemos dentro y lo vivimos, sentimos. Me encantan tus otros dos libros que son distintos entre sí, que toques otros estilos es muy muy interesante. Ánimo y a por ello.

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