Al borde del precipicio.



Por un momento, pensé que iba a morir. Pensé que me había equivocado al cien por cien con él, que era un loco, un perturbado. Mi vida estaba en sus manos.
Semanas atrás, no pude hacer otra cosa que dejar de comer. Había dejado de levantarme de la cama y sólo pensaba en dormir, hasta que él me obligó a vestirme y a comer una sucia hamburguesa plastificada del McDonald's, sentada en su flamante coche negro frente a un barranco con vistas al mar. Por aquel entonces, yo parecía un cadáver. En realidad, deseaba serlo. Él estaba enfadado, pero intentaba ocultar su mal humor. Había sido una de las personas que mejor que había tratado en la vida, alguien que siempre había estado ahí para mí, y seguía siendo de así, y no lo comprendía. Lo había dejado por otro en el pasado, le había intentado convencer de dejar su vocación, pretendí cambiar su espíritu libre... Y aún así, seguía a mi lado, después de más de un año en el que apenas habíamos hablado. Y ahí estaba, consolándome por un dolor que él no podía provocarme a causa de la inexistencia de los sentimientos que me habían llevado hasta ese punto. Sentimientos que otro me había robado.
–Puedes decirme que no sientes nada por mí. Puedes enamorarte de cualquiera que no sea yo. Puedes abandonarme a mi suerte, sin agua ni comida, y puedes odiarme el resto de tu vida. Puedes hacerme todo el daño que quieras, pero nunca te atrevas a hacerte daño a ti misma.
Se bajó del coche y abrió la puerta del copiloto, incitándome a salir del vehículo. Como no lo hice, me agarró del brazo y me empujó. Sé que lo hizo suavemente, pero me sentía tan débil que dejé de sentir la sangre correr a causa del dolor. Apenas tenía fuerzas para trasladar la hamburguesa desde mi regazo hasta mi boca, y mucho menos para resistirme a sus movimientos. Cada vez llovía más, y sentía que las diminutas gotas de agua se clavaban en mi piel. Me sujetó por la cintura y se aproximó al borde del acantilado, en el extremo más peligroso, con el talón del pie como única conexión con la tierra. Quería dejarme caer, deshacerse de mí sin incumplir su palabra de no abandonarme nunca.
–¿Quieres morir?, ¿es lo que deseas con tu actitud? Pues vamos, ¡tírate!, ¡déjate caer y cumple tu deseo!
Toda mi vida había pensado que no moriría siendo una viejecita indefensa, pero nunca pensé acabar así. Tampoco tenía en mente morir de desnutrición, sin ganas de salir al mundo, sin volver a ver en mi rostro una sonrisa. No se cojones estaba haciendo, en que narices pensaba. Soy más fuerte que todo lo que me estaba pasando.


¿También te ves al borde de un precipicio? Deja de lamentarte. Salta, o aléjate de él antes de te caigas. Entonces será demasiado tarde.
Hay algo increíble esperándote a la vuelta de la esquina. 

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