Corridas, toros y cuernos

En aquella época, me pasaba algo extraño cuando me acostaba con él: no podía quitarle la vista de encima a la maldita pintura. Tenía un cuadro de una corrida de toros colgado encima del sofá. Y siempre lo hacíamos en el sofá. Decía que usaba el lienzo para enviar mensajes subliminares a las féminas que, como yo, caían en la desgracia de ir a parar a su salón.
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–¿Te gustan las corridas? –me preguntó la primera noche que subí a su casa.
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No te puedes ni imaginar la cara de asqueroso que puso al pronunciar esas palabras pero, bajo los efectos del alcohol, me pareció gracioso. Poco después decidí odiarlo. Le encantaban los toros. Pero no los animales en sí, sino el espectáculo que con ellos se montaba en una plaza cada vez más desértica.
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–Oye, tú. He estado pensando. Tienes dos perros, se supone que te gustan los animales… ¿Cómo puedes estar a favor de un festejo tan macabro? –le dije un día.
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–Es por cultura. De eso tú no entiendes.
Pedazo de gilipollas. Me caía realmente mal, pero aun así seguía acostándome con él. Parece una estupidez, pero todo se trataba de un plan minuciosamente estudiado: era imposible que me enamorara de un individuo de tan baja calaña.
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–No entiendo cómo pueden poner multas por matar o herir gatos, perros y algún otro animal, y puede estar permitido una masacre tan repugnante. Los toreros se creerán muy valientes, pero no son más que unos cabrones.
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–Es parte de nuestra cultura, ya te lo he dicho.
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–Vaya mierda de cultura. En otros países también es parte de su “cultura” matar a mujeres a pedradas por adúlteras y…
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–¿Desde cuándo hablas tanto? Ah, se me olvidaba que la mayor parte del tiempo que paso contigo tienes la boca llena.
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Fue lo último que me dijo. O lo último que recuerdo. Con el tiempo, cuando ya me había convertido en una treintañera (aunque me había plantado en los veintinueve a ojos de los demás), lo vi en el periódico. Se había hecho torero. Pero no era noticia por sus dotes de picador, sino por haber sido picado. Me explico; un toro le había embestido y su cuerno le había atravesado la mandíbula. No, no murió. El toro sí, pero ese capullo al que solía tirarme sobrevivió. Y aún por encima, le llamaban “Héroe”. Con mayúscula y todo. Se ilustraba la noticia con dos fotografías; en la primera, aparecía mi ex amante en la cama de un hospital, y bajo la imagen, se recogían algunas de sus palabras: “La vida del torero se basa en una lucha justa contra el animal. Por desgracia, en esta ocasión, venció el toro”. Claro que sí, con dos cojones. Venció, para terminar siendo asesinado por aquellos que acudieron al rescate de aquel “Héroe”. Porque por eso es una lucha justa, porque cuando el hombre está perdiendo y el animal tiene una mínima oportunidad de salvar la vida, incontables personas se encargan de que no sea así.
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La segunda imagen recogía el momento justo en el que el cuerno del toro acuchillaba la mandíbula de ese capullo. Su rostro reflejaba dolor, teñido por un manto de sangre.
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–Mira quién es el que tiene ahora la boca llena –me dije a mí misma.
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3 comentarios:

  1. Tu novio era Sergio Aguilar?

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  2. Estupenda entrada, estupendo texto.
    Me alegro mucho que hayas conseguido publicar, seguro que no me lo pierdo.
    Besos desde Madrid

    Sara Williams

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    1. Muchas gracias Sara. Me encantaría que no te lo perdieras y contar con tu apoyo y opinión en mi nuevo proyecto literario!
      Un saludo.

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