¿Encontramos la pasión en situaciones extremas?

Se había vuelto loco. ¿Qué pretendía conseguir con su actitud? Iba conduciendo a toda velocidad. No comprendía cómo podíamos ir tan rápido con ese coche de mierda. A pesar de no saber qué pretendía hacer conmigo, no podía dejar de mirarle los brazos, firmes mientras agarraba el volante. La ira se plasmaba en su rostro, pero no tenía miedo. A situaciones peores había sobrevivido. Me sentía estúpida mientras le miraba. Tenía que reaccionar. Saqué el cuchillo del bolsillo y le amenacé con apuñalarle. Le ordené que detuviera el coche o sería capaz de clavarle la afilada hoja hasta lo más profundo de su pecho. No me hizo caso, ni siquiera estaba segura de que la rabia le dejara escuchar mis palabras, así que decidí actuar de forma más contundente. A pesar de que el vehículo seguía en marcha, me posicioné encima de sus rodillas hasta que estuvimos cara a cara. Le agarré del pelo con fuerza y le puse el cuchillo en el cuello. La velocidad del coche se atenuó. Sonrió, aún no el ceño fruncido.
–¡No puedo ver la carretera!
–¡Detén el coche! –le ordené, sin retirar el arma de su garganta.
Detuvo el coche con un frenazo que propició un peligroso zarandeo. Le tiré más fuerte del cabello. Apretó los dientes a causa del leve dolor que le causaba el tirón de pelo. Sin decir nada, bajó violentamente el respaldo del asiento al máximo y me empujó hasta hacerme caer sobre el asiento trasero. Con un ágil movimiento, se posicionó sobre mí y me arrebató el cuchillo. Lo puso sobre mi cuello y me agarró el pelo, con más suavidad de lo que lo había hecho yo. Nuestros labios estaban tan cerca, que lo único en lo que podía pensar era en morderlos. Luché contra los impulsos sexuales que en su presencia me invadían, y traté de despertar mi instinto de supervivencia.
–¡He destruido torres más altas que tú! –le aseguré mientras trataba de librarme de él. Me resultaba imposible quitármelo de encima. Aprovechando la cercanía de su rostro al mío, le mordí el labio con fuerza. Fue entonces, cuando saboreé el dulzor de su sangre. Me agarró del cuello y apretó levemente. Tiró el cuchillo por la ventanilla y deslizó la mano hasta mi pecho.
–Si a nosotros nos duele que nos aprieten los huevos, a ti tiene que dolerte esto –susurró, una vez se hubo librado de mi mordisco.
De una forma extraña, una gran satisfacción recorrió mi cuerpo cuando me tocó. 

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6 comentarios:

  1. Cada publicación me gusta mas....que ganas del librooooo!! ;)

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    1. Muchas gracias, Irma! Ya falta poco... en un mesecillo espero que esté todo listo :D

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  2. Qué buena pinta tiene!!!

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