La Mal Parida



            La ciudad me parecía infinita. Quería conocer hasta el último recoveco de ese lugar. Me había trasladado desde un pueblo cercano en busca de mí misma. Necesitaba conocer mundo, escaparme de un lugar cerrado y monótono que me privaba de libertad, me juzgaba y me aprisionaba mientras me robaba mis sueños. Acababa de cumplir veinticinco años. A pesar de mi corta edad, mi padre ya había entrado en los setenta. Vivíamos solos en una casita pequeña y humilde alejada del resto de la escasa civilización que nos rodeaba. Mis padres habían construido esa casa con sus propias manos cuando se casaron. Mi madre tenía muchos problemas de salud y, antes de concebirme, había sufrido cuatro abortos. El día que yo nací, ella murió en el parto. Desde entonces, en el pueblo me conocían como La Mal Parida. Los más ancianos del lugar, iniciaron el rumor de que la muerte de mi madre había sido producida desde antes de mi nacimiento, y que una presencia maligna me había hecho sobrevivir en su seno durante más de tres días, alimentándome de los restos de mi madre fallecida. A pesar de tratarse de un relato completamente absurdo, la mayoría del pueblo lo había dado por cierto. No es que pensaran que estaba poseída, o algo así, sino que simplemente me evitaban, y vivir en la colina con mi padre, alejada de todo, no ayudaba a demostrarle a la gente que era una chica normal.
            En los tres meses que llevaba residiendo en San Sebastián, ya me conocía la ciudad al dedillo. Había recorrido todas las calles, empapándome de cada detalle, memorizando cada lugar como si nunca más volviera a visitarlo. Pero siempre volvía. Y siempre sola. No porque fuera una persona introvertida a la que le costara hacer amigos, sino porque disfrutaba más de la soledad que de la compañía de cualquier persona. Me gustaba el silencio, ese silencio que me permitía volar a cualquier lugar del mundo, ser la persona que quisiera ser, imaginar cualquier vida como la mía propia. Pero no sólo fueron las rutas turísticas lo que conocí de la ciudad. También conocí personas. 
El primero fue Don Elías.
(...)

La segunda persona importante que conocí fue Teresa.
(...)

–¡Hola! –me saludó Tere con histeria–. ¡Vístete rápido, quedamos en media hora en la puerta de tu portal!
–Pero, ¿qué dices? Aún estoy en la cama –confesé mirando el reloj con los ojos medio cerrados tratando de huir de la insípida luz que provenía de la cocina–.  ¿Habíamos quedado hoy?
–No, pero no importa. Te estoy dando media hora, y el tiempo corre, así que ponte guapa que tenemos una cita.
–Que va, paso.
–¿No me has oído? ¡Una cita! ¡Sexo casi asegurado! Te estoy poniendo las cosas fáciles, no te quejes.
–No me gustan las cosas fáciles. Además, ¿quién es el incauto?
–Pues tu incauto es el amigo de un chico que conocí la semana pasada. Vino por el club ayer y me pidió salir a cenar. Yo le dije que sí, claro, ¡como para decirle que no con lo bueno que está! –juró con un excesivo entusiasmo–. Pero el cruel destino ha hecho que su mejor amigo acabe de romper con su novia, y está muy deprimido, y tal, y tal –me contó acelerando las palabras para no detenerse demasiado en esa parte–. Vamos, que se nos ha acoplao el colega. Pero no pasa nada, viene otra pareja que tampoco se conoce. Otro amigo de mi chico con una compañera mía de trabajo.
–¿Me estás tratando de convencer de que vaya de sujetavelas con un depresivo en potencia? Venga, Tere, te voy colgando –le dije con sequedad.
–¡No, no! Por favor, me pasa a recoger ahora y ya le dije que venías.
–¿Pero lo has visto al menos?
–¿A su amigo? ¡Claro! Me ha mandado una foto, y no está mal. Venga, te cuelgo y te paso la foto. Recuerda, ¡en veinte minutos estoy ahí! –me dijo antes de colgar.
No me dio tiempo a negarme. Lo cierto es que me daba más pereza convencerla de que desistiera en lo de incluirme en la cita, que en vestirme e ir.
La foto me llegó casi al momento. Se trataba de un chico con barba y pelo corto con los ojos marrón claro. Lo primero que me llamó la atención de él fue su sonrisa. Me pareció que sonreía demasiado. Después me fijé en su nariz. Era demasiado grande, aunque le daba algo de personalidad. Sin haberlo conocido aún, me cayó mal.
A los pocos segundos, Tere me reenvió el mensaje que le había enviado su nueva conquista.
Este es mi amigo Juan. Es deportista, universitario, gracioso. ¡Es una joya! Todo el mundo dice que es un buenazo. A tu amiga le va a encantar
Juan fue la tercera persona digna de mencionar que conocí antes de que el rumbo de mi vida se desviara.



Esta entrada es la continuación del prólogo de "La Número Seis"


TO BE CONTINUED...

 
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8 comentarios:

  1. Una hostoria genial. felicidades

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  2. Cada día te luces mas chica! :) felicidades ♡

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  3. Tus actualizaciones enganchan un monton y eso que yo no soy muy apasionado de la lectura
    suerte con eso de la publi del tu libro

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