Desdichas que incitan a la autocompasión.




Hay cosas que las personas no quieren oír, y muchas veces, a pesar de que tú se las digas, fingen no escucharlas. Fingen que la realidad es distinta porque no pueden soportarla, no pueden vivir con ella. Nos mienten, te mienten, se mienten. A mí me mienten.
Me miré al espejo, y no reconocí a la persona que vi. Era yo, porque no podía ser otra. Descubrí nuevas arrugas que no había visto antes. Creía recordar que el color de mi pelo era más oscuro y mis ojos más grandes. Quizás no mirar mi reflejo durante tanto tiempo me había sentado mal; realmente, pensaba que era más guapa. A mi lado, Jake trataba de fingir que no pasaba nada.
–He perdido demasiado peso. Hasta me cuesta mantenerme de pie. Las piernas se me cansan en nada –reconocí. No me sentía con fuerzas para simular que me encontraba bien. No tenía fuerzas para mentirle. No a él.
–Te pondrás bien pronto. Tanto tiempo sin moverte ha hecho que perdieras masa muscular. Con un poco de ejercicio, la recuperarás –me aseguró.
¿Ejercicio? ¿De qué habla, qué es eso? Entiéndeme, no es que no quiera, es que no puedo. Y menos por aquel entonces.
Se acercó a mí y sus labios me rozaron en busca de un beso que nunca llegó, porque la tos se agitó en mi estómago, sacudió mis pulmones, y explotó en mi boca.
–Lo siento –me disculpé tras unos segundos que ronca angustia. Me separé de él, y me quité el pijama.
Las costillas se marcaban en mi cuerpo de tal manera, que parecía que la piel ya no podía encoger más. Unas inmensas ojeras danzaban alrededor de mis ojos, y la larga convalecencia había dado lugar a una extensión de bello en mis piernas dignas de entrar en el libro Guinness de los récords. Contra todo pronóstico, sentí lástima de Jake. Y, contra todo pronóstico, él no la sintió de mí. Le sonreí forzadamente a través del espejo, y comprobé que tenía un trozo de espinaca entre los dientes. No podía sentirme más patética.
–Llevarás una vida normal –me aseguró mientras me ayudaba a vestirme–. Esto sólo ha sido un bache. El primero de tu vida, no te puedes quejar.
–Jake, tú eres médico. Fuiste el mejor médico de tu promoción. Has sido reclamado en varios países para operaciones complicadas, has dado diagnósticos acertados que nadie se atrevía a dar, has sacado adelante a enfermos terminales… Pero antes que nada, eres mi novio. Prometiste no mentirme nunca.
–Nunca te he mentido.
El eco de su voz retumbaba en mi cabeza. Habíamos decidido olvidar el pasado, pero parecía que a él se le daba mejor que a mí. Tener que fingir que su impoluta sinceridad era cierta, me dolía más que todo el tiempo en el hospital, que las vías, que los antibióticos, que las nebulizaciones, que la fisioterapia, que las agujas. Pero pensé que me lo merecía. Creía que soportar esa situación había podido con él. ¿Por qué volvió? Nunca lo supe, porque su regreso fue efímero.
–¿Voy a morir?
–Todo el mundo va a morir.
–¿Voy a morir a corto plazo? Quiero que me lo digas tú, aunque yo ya sepa que sí será así.
–No digas eso…
–¿Por qué no puedo decir que voy a morir? ¿Tengo que mentir y decir que me siento bien, que estoy sana, para que los demás no sufran? ¡Joder, soy yo la que me muero!
Y perdí la consciencia. No debí olvidar que mis pulmones estaban en huelga. Porque todo lo que me rodeó ese día, fue una serie de desdichas patéticas que incitaban a la autocompasión. Sí, la autocompasión. Con el tiempo me di cuenta de que Jake la había implantado en mí; era su estrategia de defensa para justificar la aventura con aquella bailarina de ballet. Con tiempo lo comprendí: la chica tenía unas buenas tetas. Nunca entendí por qué los médicos, ya de paso que me abrían el canal para operarme a vida o muerte, no me habían puesto un par de tetas. ¿Qué más les daba? Vaya panda de egoístas.  
Pasó un año, y yo seguía viva. Aunque durante ese tiempo cambiaron algunas cosas. Engordé unos kilos, me maquillé las ojeras, y me depilé. Sí, me depilé. Una vez. ¿Para qué más?
Después llegó el segundo año. Y creo que seguía viva… ¿Qué fue de Jake? Eso sí que fue épico. Tranquilo, te lo contaré… Pero todo a su debido tiempo.



7 comentarios:

  1. Me ha encantado :') ¿va a haber continuación?
    ¡Un beso!

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    1. Claro! Espero que sea la siguiente entrada!
      Un beso enorme :)

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    2. Yo también espero esa segunda entrada. Un abrazo. ;-)

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  2. me gusta mucho este rincón. me quedo por aquí, con tu permiso.
    un saludo

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  3. Pues lo cuentas muy bien. Me gusta lo que escribes.
    Un saludo.

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