Los motes de mis amantes.



Por lo visto Jake tenía ganas de discutir. Pero yo, en vez de escuchar sus palabras, lo único que hacía era preguntarme cómo se había enterado.
–No te pongas así, es una tontería. No pretendía ser ofensiva ni nada por el estilo. –Y no lo pretendía. Era imposible que me acordara de todos los nombres, de mis chicos y de los de mis amigas. Además, se supone que él no debía enterarse.
–¿”El camuflajes”? ¿En serio me llamáis “El camuflajes”? ¡Qué mierda de apodo es ese! –Parecía más enfadado de lo que hubiera imaginado. Tampoco me parecía para tanto.
–Te llamamos así porque nos hace gracia que siempre vas con una gorra y gafas de sol, como si fueras a atracar un banco. Parece que te camuflas por algún motivo desconocido –le expliqué sin poder ocultar la risa. Pero a él no le hacía ni puta gracia.
–¿Y por qué narices tienes que ponerme un mote? “Te llamamos así” –dijo tratando de imitar mi voz–. ¿Por qué tienen tus amigas que llamarme nada? ¡Ni siquiera me conocen!
–A ver, Jake, te lo estás tomando a la tremenda, es una tontería. Mis amigas y yo siempre les ponemos un mote a los chicos que… a las personas con la que estamos en situación indefinida, por así decirlo. –Parecía que no entendía lo que trataba de decirle. Pero nunca entendía nada, así que intenté explicarme mejor–. Mis amigas y yo estamos juntas desde hace más de doce años; siempre nos lo contamos todo. ¿Cuántos hombres crees que he conocido en doce años? Y no sólo están los míos, sino también los de ellas, a los cuales también ponemos mote. Es imposible que nos acordemos de los nombres de todos, así que les ponemos un apodo. Es decir, si les hablo de ti diciendo tu nombre, ellas me dirían “¿Quién es Jake?”, a lo que yo tendría que responderles “¿Os acordáis de ese chico que siempre llevaba una gorra y unas gafas de sol a todas partes? El que parecía que iba camuflado. Pues ese es Jake”. Así que es más fácil que te llamemos “El Camuflajes”. Pero es con amor. No es nada personal.
–¿Situación indefinida? ¿Qué es eso? –me preguntó, tratando de tranquilizarse.
–Ya sabes… Algo que no tiene definición aún. Vamos a ver, si ahora me presentas a alguien, ¿cómo lo haces?, ¿qué dices? “Te presento a Ania, mi… ¿amiga? ¿novia? ¿follamiga?”. Pues eso es una situación indefinida. Una que está tan en el aire, que puede esfumarse en cualquier momento, y por la que el hombre en cuestión no merece siquiera tener un nombre si hablo de él con mis amigas –respondí algo alterada. Me había puesto de los nervios. Así, por que sí. Mi temperamento había decidido presentarse justo en el momento en el que no quería discutir.
–Vamos, que no soy tan importante para ti, que ni siquiera merezco tener nombre. Llevamos acostándonos siete meses, pero ni siquiera tengo nombre. Genial –resumió, sentándose frente a mí con cara de alucinado.
–En realidad, cinco meses acostándonos. Te recuerdo que cuando quieres eres muy frígido –le reproché con rencor.
–¿Y todos tus chicos en “situación indefinida” han tenido un apodo?
–Pues sí.
–¿Ah, sí? ¿Y cuáles eran sus apodos?
–¿En serio pretendes que me acuerde de todos?
–¿Todos? ¿Cuántos son todos? ¿Tantos como para que no te acuerdes de cada uno de ellos? –Parecía fuera de sí. ¿Acaso él era virgen antes de conocerme?
Se levantó de la butaca y se encendió un cigarrillo.
–No deberías fumar delante de mí, señor doctor.
–¿Son más de diez? ¿Más de veinte? ¡No, joder, no pueden ser más de veinte! En serio, me gustaría saber un cálculo aproximado. ¿Cuántos hombres has…? ¿Con cuántos…?
–¡No me jodas, Jake! Esto es ridículo… ¿Qué más te da?
–¡Me da! –exclamó tras exhalar una profunda bocanada de asesina nicotina. A continuación, trató de calmarse–. Vale, a ver, no me voy a enfadar. Venga, vamos a reírnos juntos de los motes de los demás chicos.
–Es que no tienes motivos para enfadarte, ¡sólo faltaba! –manifesté con incredulidad. La situación me parecía completamente surrealista. Se me quedó mirando, a la espera de escuchar apodos que ya apenas recordaba. Decidí que confesarle alguno le haría sentir un poco menos ridículo por ser “El camuflajes”–. Está “El McDonals”…
–¿El McDonals?
–Trabajaba en un McDonals. Lo conocí mientras comía una hamburguesa con queso –le expliqué mirando al vacío, recordando lo bueno que estaba “El McDonals”. Y lo buena que estaba la hamburguesa con queso–. También “Tarzán”, “El Americano”, “Gatillo fácil”.
–¿Gatillo fácil? ¡Gatillo fácil!
–Mejor no ahondemos en ese tema…
–Vale… Vale. Creo que no quiero saber más. Pero joder, ¿no recuerdas a nadie por su nombre de verdad?
–No. Bueno, sí. Recuerdo el nombre de la mayoría, pero con el tiempo los olvido y sólo recuerdo sus motes. Los nombres son para las personas importantes. Para aquellas que marcan y no las olvidas nunca.
–Entonces, yo quiero tener nombre –aseguró decidido.
¿Tener nombre? Ese privilegio no se escogía. No podía llegar y asesinar a “El Camuflajes” para convertirse simplemente en Jake. Pero, ¿qué iba a decirle? Después de siete meses, o avanzábamos o… avanzábamos. Porque era así, no había otra opción: dábamos un paso más, o cada uno por su lado (que también era un avance dentro de ese estancamiento al que nos veíamos sometidos). Así que lo hice. Lo hicimos. “El Camuflajes” pasó a convertirse en Jake, el único de mis amantes que ha conseguido alzarse con la victoria de tener nombre. Pero con el tiempo descubrí que mi metodología era errónea: no eran las personas importantes las que debían tener nombre, sino aquellas que no me importaban nada y cuyo nombre no me importaba gritar a los cuatro vientos. Porque con el tiempo descubrí que pronunciar su nombre realmente dolía. 



4 comentarios:

  1. No esperaba el final. De cómo iba la conversación parecia que le importaba un poco menos.
    Un saludo.

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    1. A veces, las cosas no son lo que parecen, supongo.
      A través del "robo de identidad" con los motes, se camuflan un poco los sentimientos.
      Un saludo, Enzo, me gusta mucho tu blog.

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  2. Me gusta lo que he leído y posiblemente le de una oportunidad a este libro.. ya te contaré... hay que leer autores españoles y siempre dar oportunidades... ya te contaré¡¡¡

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    1. Muchas gracias.
      Claro, ya sabes dónde encontrarme para darme tu opinión. Un abrazo.

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