La teoría de la vida: "La lástima"




Nadie piensa en la muerte, porque la mayoría de las personas asumen que morirán al alcanzar la vejez. El promedio de vida está establecido en ochenta y dos años. Nuestro alrededor está poblado de adorables viejecitos, y eso suele tranquilizar a las masas. Naces y, si no estás enfermo, creces pensando que morirás a los ochenta y dos años porque, ¿por qué vas a estar tú fuera de ese promedio?
En mi caso es distinto. La teoría dice que nunca he formado parte de esa esperanza a la que el resto de humanos que me rodea se agarra inconsolablemente. Pero sin dramas, porque eso sólo es la teoría. De mí no puedes esperarte grandes tragedias, y menos en la salud, así que voy a contarte esta historia de un modo diferente al que seguramente estés acostumbrado. Porque esta no es la historia de la enfermedad de una chica. Es la historia de una chica que está viva, pero también enferma. Y antes de que sigas leyendo, te pido disculpas por las palabrotas. Es difícil ser educada cuando estás enferma. Vale, es mentira, pero cuando lo estás todo el mundo te deja hacer y decir lo que quieras. Yo lo llamo lástima.  

–Creo que después de esto deberías cortarte un poco el pelo. Ya sabes, para sanear –me aconsejó Laura mientras analizaba mi nuevo look–. Si sigues así, vas a terminar quedándote calva.
Era lógico que pensara así, ya que había desarrollado una inquietud incontrolable por cambiar mi color de pelo con demasiada frecuencia. Lo había llevado negro, castaño, chocolate cremoso, rojo intenso, rubio, degradado californiano y muchos otros colores con nombres exóticos. Ahora lo llevaba azul. Pero no te imagines un azul horrible y cantoso. En realidad sólo se trataba de unas cuantas mechas camufladas en mi castaño, con toques del rojo anterior. Molaba mucho. He de reconocer que la calidad de mi pelo no era como en aquellos maravillosos años de adolescencia en la que mi madre me prohibía acceder a los tintes, pero tampoco estaba hecho un estropajo. Fuera como fuera, la teoría decía que no viviría lo suficiente como para que los estragos de los tintes me dejaran calva. Así que no me preocupaba por la salud de mi cabello.
A los dieciséis años, me hice mi primer tatuaje, a los diecisiete el segundo, a los diecinueve el tercero y a los veintidós el cuarto. Recuerdo lo que me dijo mi abuela, llena de sabiduría y vejez.
–¡Ay, Dios mío! ¿Otro tatuaje? Nadie te va a querer contratar, y los hombres no van a querer arrimarse a una chica con tatuajes. ¿Pero no ves que cuando seas vieja te va a colgar toda la piel y te va a quedar fatal? –Y todo esto en gallego, que suena como más sabio viniendo de ella. No importaba, porque la teoría decía que no viviría lo suficiente como para que me salieran colgajos. Así que no me preocupaba la apariencia de piel.
He de reconocer que me molestaba bastante que aquellos que sabían lo que me pasaba me dijeran esa clase de cosas, porque conocían tan bien como yo lo que decía la teoría acerca de mi esperanza de vida. En realidad, al igual que pasaba con sus propias vidas, no asumían que la mía sería efímera. Yo lo vivía de manera natural. Incluso disimulaba a veces los síntomas de mi enfermedad para que otros no se sintieran incómodos o dolidos por mi circunstancia, porque en el fondo creo que es lo que los demás esperan que haga; quieren que finja que estoy bien y que no estoy enferma para no tener que asumir que realmente lo estoy. Y yo lo hago porque, de momento, no se me nota demasiado. Siempre me ha parecido egoísta por parte de los demás, pero hay algo peor que estar enfermo: soportar la lástima de los que saben que estás enfermo. También es duro soportar el dolor de aquellos que te quieren y saben que van a perderte.

En aquel momento acababa de cumplir los veinticuatro años. Salía con un chico egoísta y engreído, Rubén, pero follaba muy bien, así que lo demás era secundario. Le había contado lo de mi enfermedad porque, aunque no lo creas, suelo guiarme ciegamente por los consejos de mi abuelita que me había aconsejado contarle a todo hombre con el que saliera el asunto de mi “tos”. Si me quería, lo aceptaría. Si no, me ahorraba la pérdida de tiempo. Y, a pesar de que no tenía el más mínimo interés en que ese idiota me quisiera, se lo había contado. No es que lo hubiera aceptado porque me quisiera, sino que simplemente no le importaba lo más mínimo mi estado de salud siempre y cuando eso no me impidiera abrirme de piernas.
Los dos vivíamos en el mismo barrio conflictivo y maloliente en la periferia. Pasábamos más tiempo juntos del que podíamos soportar, ya que ambos estudiábamos en la facultad de derecho. Lo sé, a mi edad ya debería haber terminado la carrera pero, ¿qué más daba? La teoría decía que no viviría lo suficiente como para amortizar el tiempo invertido en mis estudios. Así que no me preocupaba demasiado por mi futuro académico.
–¿Vas a ir al viaje de fin de carrera? –me preguntó Rubén un día en la biblioteca de la universidad.
–Para mí no es el fin de la carrera –le recordé en voz baja para no llamar la atención de los demás estudiantes.
–¿Qué más da? El caso es pasarlo bien.
–¿De dónde piensas que voy a sacar el dinero para pagarlo?
–Tienes razón… Necesitamos pasta –coincidió. Me miró y puso un gesto de nerviosismo que nunca antes le había visto–. Hablo en serio, necesitamos dinero. Quiero ir a ese viaje, y el mes que viene tengo que pagar el seguro del coche. Mis padres no me dan nada por cargar tres en el primer cuatrimestre.
–¿Y a mí que narices me cuentas? Yo tampoco tengo un duro.
–He estado pensando mucho esta semana… –Echó una visual al resto de la sala para asegurarse de que nadie le prestaba atención excepto yo–. Podríamos coger algo de dinero prestado de la joyería Casablanca.
–¿Coger prestado? ¿Estás de coña?
No podía hablar en serio. Ambos teníamos antecedentes penales por el atraco a una gasolinera siete meses atrás. En mi defensa, he de decir que no era mi intención participar en eso; sólo estaba en el lugar erróneo en el momento menos indicado.
–Lo tengo todo calculado. Sé sus horarios, los momentos en el que tienen menos público, y también…
–¡Imbécil, tenemos antecedentes! ¿Quieres acabar en la cárcel? –le corté tratando de no elevar demasiado el tono de voz. Un par de estudiantes se percataron de la discusión y levantaron la mirada de sus apuntes durante un momento.
–¿No te das cuenta? ¡Pase lo que pase, tú no irás a la cárcel!
–¿De qué hablas?
–Estás enferma. Tienes que seguir un tratamiento diario por las mañanas y por las noches. Unas… ¿Cuántas? ¿Doce pastillas al día? Por no hablar de la fisioterapia, los complementos alimenticios… No tienes cabida dentro del sistema penitenciario. En el hipotético caso de que nos pillaran, sabes tan bien como yo que no te encerrarían.
Y, por primera vez, alguien no sintió lástima por mi enfermedad, sino ganas de aprovecharse de ella. Medité durante unos instantes y traté de aplicar lo aprendido en clase a ese hipotético caso en el que nos pillaran atracando una joyería. Entonces me di cuenta de que copiar en los exámenes me había pasado factura. Pero tenía razón, y aún a riesgo de que nos pillaran, no acabaría en la cárcel. No, imposible, pasase lo que pasase. Hasta la Ley se apiada se una chica enferma cuya esperanza de vida no le promete vivir más que diez años más.

6 comentarios:

  1. Me gustó mucho la narrativa (forma) y el cuento (fondo). Pero ... ¿Como sigue esto?

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    1. Según la teoría? La teoria dice que ella morirá joven, pero habrá que seguir actualizando el blog y leyendo las entradas para averiguarlo ;)
      Gracias por tu comentario, un saludo!

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  2. ¿Y por qué no contestó a "cuando seas vieja": "¡tontería, sabes que moriré jovén!"?
    Me gustaría hablar de tal manera con los adultos.
    Y de misma manera abandonar la escuela (pero eso cabería más en caso de menor esperanza de vida), diciendo que en otro mundo no se requiere papeleo. ¿Depresión? ¿Qué depresión? ¡Meramente me aprovecho de una curcunstancia!

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  3. Es bueno tratar de sacar provecho a todo, pero tampoco se trata de detener la vida de golpe. Sin hacer nada, todo sería demasiado aburrido.

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    1. Si es respuesta a mi, ¿por qué la aloja en suma nivel? Pués eso es lo que me impidió noticia email.

      Y al contenido. Me cuesta imaginar cosa más aburrida y humiliadora que escuela. En ciertos casos así puede ser una rica experiencia o clave para tal en futuro, pero tenerlo por caso común es una idolatria.

      Mi razón para aparecer aquí es de mofarme de actidud inadecuada, primero, a la muerte, pero también a otras cosas, tales como niños y escuela. Lo actualmente hago pero haría mucho más efectivamente si así fuese niño con la enfermedad, con una condición más: haber desarrolado la presente actidud, lo que actualmente hice muy recién, y soy de edad media.

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    2. Ahora que tengo más tiempo explicaré mi punto con más detalles.
      Un mensaje común es:
      " Tú, sabiendo que voy a morir pronto, quieres que tenga miedo a muerte, tanto miedo que ni me atreva mencionarla; quieres que yo llene mi vida con cargos que pueden tener varios sentidos para otros, pero para mí único sentido que pueden tener es disimular la cercanía de muerte; cuando ves que no tengo el miedo, eso da profundisimo miedo a tí mismo, tu último consuelo es creer que estoy depresionado - ¡qué horror te daría descubrir que eso no sea el caso! Pero claramente hallarás, a tu gran consuelo, lo que creerás ser depresión, aunque de verdad, sólo sea desesperanza por tu inadecuacia."


      Segundo mensaje, sobre escuela y cosas parecidas:
      " Creencia que escuela sea un bien incondicional para un niño, es idolatria; pero en general, hay varias razones para mandar al niño a escuela, y la idolatria, mezclada con esas razones, no se ve tan claramente; pero conmigo, ¡está en forma químicamente pura!"


      Tercer mensaje:
      El adulto está acostumbrado a propia superioridad moral sobre el niño, es decir a derecho de juzgarlo y no tolerar lo revés. Pero niño puede utulizar la cercanía de propia muerte para invertir la situación (aunque necesita cuidado). Segunda situación no será más justa que la primera, pero, ¡quién hable de justicia! A quién no entran cosas por cabeza - ¡entren por culo!

      El sistema judicial pretende no castigar la persona sino la acción. Pero con cárcel es imposible. Lo que describí aquí es un castigo moral, en esfera limitada, que acerta aún más - no castiga la persona ni la acción sino el vicio, a decir mejor - el vicio propiamente atrapado se castiga a sí mismo, y sirve para castigar otros vicios.

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