Alguien importante en la vida de alguien.



A mí me gustaba. No podría explicar muy bien por qué él, porque no era el hombre más simpático, ni el más divertido, ni el más atento conmigo. Pero me gustaba. Me gustaba más que Lucas, que me había invitado a cenar a su casa y se preocupaba por mí. Me gustaba más que Raúl, que bailaba conmigo como nadie y me hacía reír tanto como para ejercitar mis abdominales hasta límites insospechados. Me gustaba más que Diego, que me había acompañado en mi larga convalecencia, colándome comida de contrabando. En realidad, no es que me gustara más que ellos, sino que sólo me gustaba él. Pero amigos, la cosa no terminó bien. Porque a todos nos ha pasado eso de desear que nos guste otra persona, porque sabemos que es mejor para nosotros, que nos hará más felices y nos querrá más. Pero no, eso no se elige. Yo ya me veía cayendo en picado desde cien mil metros de altura, y en vez de abrir el paracaídas, decidí disfrutar de la adrenalina del descenso. Así fue que, después de siete meses, pasó lo inevitable y me estampé contra el suelo. Y a mis treinta y tres años, me vi recomponiendo de nuevo los pedazos de mi alma. Porque estas cosas nunca dejan de pasar, tengas la edad que tengas.
Era jueves. Habíamos salido a cenar al restaurante turco de al lado de su casa. Al día siguiente era festivo local, por lo que ninguno de los dos teníamos que trabajar. Nos acostamos en la cama después de una sesión de ejercicio. Se encendió un cigarrillo y expulsó el humo en dirección contraria a mí. Qué gentil, cuánto le preocupan mis pulmones.
–Tengo que contarte algo –me dijo en un susurro. Tenía la mirada fija en el techo. Me pareció una mala señal, porque siempre me miraba a los ojos cuando me hablaba. Le encantaba intimidarme. Y a mí me volvía loca que lo hiciera–. Me he acostado con otra chica.
Tardé un tiempo en reaccionar. No quería despojarme de mi orgullo. No quería que supiera que me importaba. Porque eso no estaba dentro del acuerdo.
–¿Y qué tal? –le pregunté, también sin apartar la vista del techo.
–Bien. Pero no como contigo –respondió si más.
Entonces pensé en Jake, el único amor de mi vida. Recordé lo que sentí cuando me dijo que se había acostado con otra, y me consoló rememorar el terrible dolor que ahora no sentía. Lo que sentía ahora no era amor, distaba mucho de parecerse a eso, por lo que me di cuenta de que, mientras no entráramos en ese terreno, todo estaba controlado. Aún tenía el control.
–Ambos sabíamos que esto podía pasar. Tanto a ti, como a mí.
–A mí ha podido pasarme muchas veces. Pero no he querido que pasara.
–Podías haberlo hecho.
–Lo sé. –Me levanté de la cama y comencé a vestirme. No me apetecía dormir con él, ni siquiera hablarle. Parecía que los hombres de mi vida siempre necesitaban a otra. Pero no, en realidad eso no era cierto, era yo la que escogía mal. Deseé poder querer a Lucas, Raúl o Diego.
–Dime algo.
–¿Qué quieres que te diga? Eres libre para hacer lo que quieras, al igual que yo. Y ahora quiero irme, quiero irme y no volver.
–No quería hacerte daño.
Me puse la camiseta y me senté en una silla para calzarme. Cuando me hube vestido por completo, lo miré y me despojé de mi orgullo. Nunca se me ha dado bien guardar sentimientos. A él sí. Aunque no tenía claro si los ocultaba o simplemente no los tenía.
–Sé que no tengo nada que reprocharte, porque sabía que no teníamos reglas. Pero, después de esto, ¿qué me puedes ofrecer? ¿Sexo? Eso puedo conseguirlo con cualquier otra persona, en cualquier momento, cada día, sin esperar  semanas a que podamos vernos. Para mí esto no es un juego, y si lo que quieres es poder acostarte con mil mujeres, ¡perfecto, has ganado! Así que, ¿qué espero de ti? Joder, ya no espero nada.
Me levanté y me dirigí a la salida. Pero él fue más rápido. Se posicionó frente a la puerta y me impidió salir.
–No tienes derecho a enfadarte. –Odiaba su parte racional. Esa facilidad para analizarlo todo y convertirlo en algo sencillo. Deseaba que gritara, que se enfadara, que me insultara. Deseaba que todo le importara más.
–Lo sé, Mateo, y no estoy enfadada contigo. En realidad estoy enfadada conmigo misma. La culpa es mía. Quiero importarte.
–Eres importante para mí.
–Tu familia es importante, tu trabajo es importante, tus amigos son importantes… Pero no es esa clase de importancia la que yo quiero. Por favor, déjame salir.
Me miró con sus intensos ojos caoba y por un momento sentí que le importaba de la forma en la que yo quería importarle. Entonces se apartó de la puerta y me dejó marchar.
Mientras esperaba el autobús, recibí un mensaje.
“Va a ser nuestro cuarto aniversario. ¿Jacuzzy y champán?”
Y me sentí un poco mejor. Me acordé de cuando conocí a Lucas. En esos cuatro años, siempre había estado a mi lado. No sabría explicar muy bien nuestra relación, porque era incalificable. Pero en ese momento recordé lo que me dijo cuando Jake y yo nos separamos; “No pierdas el tiempo llorando. Imagínate que te quedan 30 años por vivir. ¿Sabes cuántas personas vas a conocer en ese tiempo?”. Me puse los auriculares y encendí la música.
“Me encantaría” –le respondí.
A cuanto más me alejaba de su casa, más sentía que me acercaba a algo nuevo. Nadie lo sabía aún, pero las cosas habían cambiado desde hacía dos semanas. Pero aún no estaba preparada para decirlo en voz alta. No quería hacerlo tan real, porque cuando lo cuentas, se vuelve más cierto. Pensando en esto, me sentí un poco injusta por “odiar” a Mateo.  


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