Hasta nuestro próximo beso.

Texto anterior ( Abril del 2014 ): Recaídas sexuales. 



Seguramente se dio cuenta de que me pasaba algo, y no tuve más remedio que contárselo. Eran las 5:48 de la mañana, y a esas horas nunca me molestaba en fingir que estaba bien si no lo estaba realmente. A esas horas, si estaba triste, era cuando tenía ganas de llorar. A esas horas, era cuando me sentía más insignificante. Porque, a esas horas, ya nunca dormía.
Le expliqué que había quedado con Él en una cafetería después de un tiempo sin hablar. Necesitaba hablarle por última vez para decirle que era un capullo, para explicarle los motivos por los que era un capullo y, sobre todo, para hacerle saber que yo sabía que era un capullo. Porque yo no podía dejarlo pasar sin más, encontrarme con Él por casualidad y fingir que todo estaba bien. Lo más atroz de los malos actos, es el silencio de quien los padece. En fin, que solo quería escupir todo lo que llevaba dentro, y después de unos días seguramente se me pasaría. Entonces, si me lo encontrara por casualidad, todo estaría bien.
Le detallé sus palabras al milímetro. O eso creo. Quizá elevé un poco el tono de la conversación real, pero estaba dolida.
–Es bastante triste. Pero aun así, dada la hostilidad con la que le hablaste, ¿qué esperabas? A mí me parece que te dio una respuesta estándar. Aunque te joda, no quiere saber nada del tema –me dijo Jota mientras se encendía un cigarrillo.
–Un poco de humanidad, al menos.
–Ya no le interesas ahora que tienes las piernas cerradas.
Su comentario me resultó tan hiriente que, por unos segundos, no pude respirar. Pero era así, era cierto. Necesitaba un golpe de realidad.
–Los hombres son como los niños el día de navidad. Puedes darle un regalo, el mejor del mundo, el juguete más genial que haya visto jamás, que lo olvidará en cuanto vea un nuevo regalo, aunque ni siquiera lo haya desenvuelto. La novedad manda –añadió ante mi silencio.
–Tú y yo llevamos años así, y has conocido un millón de tías y, al final, siempre terminas en mi cama –le rebatí.
–Porque yo realmente soy amigo tuyo, aunque a veces nos dejemos llevar. A mí me importas. Me importa si estás triste, me importa si te hago sentir mal con algo que hago o que digo. A veces me apetece quedar contigo a pesar de no tener ganas de follar.
–Pero esperaba que al menos Él…
–Tú siempre esperas. Así te va –me cortó con cansancio en la voz. Se levantó de la cama y rebuscó entre mis libros hasta detenerse en el ejemplar de Jonh Green, “Ciudades de papel”–. Yo también he leído este libro –me informó mientras pasaba las páginas en busca de algún pasaje.
Comenzó a leer.

–Ben es un gilipollas.
Radar me miró de reojo.
–Por supuesto. ¿Sabes cuál es tu problema? Siempre esperas que la gente no sea quien es. Quiero decir que yo podría odiarte por llegar siempre tarde, por preocuparte solo de Margo Roth Spiegelman y por no preguntarme nunca cómo me va con mi novia... Pero me importa una mierda, tío, porque eres así. Mis padres tienen una tonelada de Santa Claus negros, pero está bien. Ellos son así. A veces estoy tan obsesionado con una página web que no contesto cuando me llaman, y también está bien. Así soy yo. Me aprecias igualmente. Y yo te aprecio a ti.
–Gracias.
–No estaba echándote piropos. Solo digo que tienes que dejar de pensar que Ben  debería ser como tú, y Ben tiene que dejar de pensar que tú deberías ser como él. 

–Deja de dar por sentado que las personas que te rodean actuarán como tú actuarias y pensarán como tú piensas –me aconsejó tras finalizar de leer el fragmento.
–Lo sé. Tengo que cambiar algunas cosas. Estoy defectuosa. Puede que el problema sea yo. Sé que Él en realidad no lo ha hecho tan mal.
En ese momento, me pregunté por qué nunca me había enamorado de Jota. Y también me pregunté por qué él nunca se había enamorado de mí. Me alegré de que así fuera. El amor siempre lo estropea todo. 




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