(I) DROGAS: Los recuerdos no son fiables ni aunque los hayas protagonizado.



No supe que Dani había vuelto a la ciudad hasta que Pablo me llamó alarmado. Los chicos lo sabían, todos ellos, pero llevaban ocultándomelo casi dos semanas. Se suponía que estaba de paso, que se iría en cuanto arreglara algunas cosas pero, por primera vez en toda su vida, necesitaba ayuda. Llevábamos poco más de un año sin hablar, sin tener ninguna clase de contacto. Yo sabía que los chicos hablaban con él de vez en cuanto, aunque no hacía preguntas al respecto. Ellos habían conseguido perdonarle, pero yo no. Mis amigos lo sabían, Dani lo sabía, y las personas que me rodeaban lo sabían; jamás podría perdonarle y, por eso, nadie me hablaba de él. Pero ahora, todo era distinto. El problema era gordo.
Al principio, cuando tratas de recordar a una persona que forma parte de tu vida diariamente, basta con cerrar los ojos unos segundos, y la ves. Pero cuando estás incomunicado de ese ser, el trámite se vuelve más complicado. Dudas, dudas de todo, a pesar de haber dedicado una infinidad de horas a contemplar su rostro. Ya no recordaba si ese minúsculo lunar que tanto me gustaba estaba bajo su ojo izquierdo, o bajo su ojo derecho. ¿Y sus ojos? ¿Cuál era la intensidad del color verde que los iluminaban? ¿Con qué mano solía llevarse el cigarrillo a la boca? ¿A qué lado giraba la cabeza cuando me besaba? Y me pregunté si con los recuerdos de nuestras vivencias pasaría lo mismo. Las conversaciones que habíamos tenido sonaban ahora distorsionadas. Porque eso pasa con los recuerdos, no son fiables ni aunque los hayas protagonizado. Los sentimientos cambian los recuerdos con el tiempo: el odio, el amor, la rabia, el rencor, la alegría… Todo ello se manifiesta en los recuerdos. Me había dado cuenta de ello al regresar a aquella playa solitaria alejada de la ciudad y del ruido. A ambos nos había parecido un lugar idílico, incomparable a nada que hubiéramos visto antes. El sol iluminaba la arena, que no estaba ni muy caliente ni demasiado fría; perfecta para tumbarnos sobre una sábana vieja y disfrutar de una comida improvisada con los restos de la cena de ayer. Los árboles que rodeaban el paisaje le daban un toque otoñal, y los pájaros que se posaban en ellos tocaban una música que amenizaba el momento. Un año más tarde, el mismo día del mismo mes, había regresado en soledad a ese lugar. Necesitaba sentir esa calma y bienestar porque, cada vez que recordaba aquella playa, recordaba lo magnífica que era. Pero los recuerdos no son fiables ni aunque los hayas protagonizado. Me di cuenta de lo insípido y vulgar que era aquel paraje; la arena era demasiado espesa, el agua estaba realmente sucia y los árboles se vestían con hojas secas y putrefactas, habitadas por unas asquerosas gaviotas que hacían un ruido aterrador. Porque no era la playa lo bonito de mi recuerdo. Era Dani.
Quizás, y sólo quizás, lo que Dani me había hecho, eso que yo consideraba imperdonable, no era tan horrible. Quizás, y sólo quizás, lo horrible era que me lo hubiera hecho él.

A pesar de haber transcurrido tan solo una hora desde que Pablo me llamó, no recuerdo cómo reaccioné cuando me contó lo que le pasaba a Dani. La impotencia y un sentimiento de culpa tremendo habían bloqueado ese momento. Sólo sé que me dirigía en taxi a una dirección periférica para reunirme con mis amigos y tratar de arreglar la situación. Y ahí estaría Él. Un año más viejo, un año más cambiado, un año más desconocido. Un año sin formar parte de mi vida.
El vehículo se detuvo en un descampado en el que había una casa ruinosa que parecía que iba a venirse abajo en cualquier momento. En los alrededores no se atisbaba signo alguno de vida.
–¿Seguro que quieres bajarte aquí? –me preguntó el taxista.
–En esta vida, uno no puede estar seguro de nada –le respondí mientras le pagaba el importe justo y me bajaba del coche. El conductor se perdió en la oscuridad de la noche.
Me dirigí a la puerta con la intención de llamar al timbre pero estaba abierta, así que entré sin dar signos de mi llegada. El inmueble estaba casi desierto. Era minúsculo; a la izquierda había una cocina con los muebles y la alacena de madera roída y con fogones para cocinar, y a la derecha estaba el salón, únicamente ocupado por un sofá y una mesa de cristal, y el baño, que tenía una bañera de metal oxidado y un váter sin tapas. Subí con miedo las escaleras chirriantes que daban a lo que parecía un desván. En él, mis amigos rodeaban un colchón mugriento sobre el que descansaba Daniel. Cuando me vieron llegar, pusieron gesto de preocupación y duda. Me acerqué para intentar comprender mejor la situación. Dani parecía despierto, pero mantenía la mirada fija en el techo sin apenas pestañear. Tenía la sudadera remangada y unos puntitos diminutos de sangre danzaban en su brazo desnudo. En la mesilla de noche, coja por la falta de una de sus patas, había una bandeja con algodón y unas cuantas jeringuillas, algunas usadas y otras aún en el embalaje. Miré con incredulidad a mis cuatro amigos, con la esperanza de que me dijeran que era una broma, con el deseo de que me dieran alguna explicación irracional que borrara la idea de las drogas de mi mente, pero se limitaron a negar con la cabeza.
Los ojos de Dani se posaron lentamente en los míos. En ellos no había expresión, no había más que vacío.


*Continuará
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