Dosis de felicidad que nunca se parecerán a Ella



No tengo demasiadas ganas de tener esta conversación, pero mi amigo necesita desahogarse. No me importa que me diga lo que quiera, que me cuente lo puta que le parece su ex novia y  lo perfecta que es, si quisiera volver con él. Pero no quiero que me haga preguntas. No quiero que pretenda comparar su caso con el mío. No quiero que me haga recordar.
Pero es mi mejor amigo. 

–Y, dime, ¿qué va a pasar ahora? No creo que pueda volver a sentir algo así por nadie. Joder, no creo que pueda ser como tú; salir de una relación y tirarme a todas las tías que me la pongan dura. 

–Es solo sexo –me limito a decir. Los vestuarios masculinos, después de un partido de fútbol, no son el mejor sitio para hablar de estas cosas, pero a él no parece importarle el escenario. 

Me miro en el espejo y me veo algo desmejorado. Diría que la barba está demasiado larga, pero me alegra recordar que es lo que se lleva ahora; puedo descuidar mi aspecto sin llamar la atención. He perdido peso, pero tampoco lo ha notado nadie. 

No sé muy bien lo que mi amigo dice, pero habla de ella; la puta que lo ha dejado por otro, la puta que ama, la puta que hiere. Porque ella es puta, pero él no, a pesar de haberlo sido más que ella. Y él sigue creyendo que tiene razones para odiarla porque lo que hace él “no es lo mismo” que lo parecido que hace ella. No, no es lo mismo, es peor, pero si lo reconoce, se dará cuenta de que la ha perdido. 

–Y tengo ganas de estar con más tías, pero solo en la cama. Tú ya me entiendes… –dice mi amigo. Parece sentirse mal de desear a otras mujeres. Pero lo hace; las desea y las posee–. A ti se te ve bien con tu harén de macizas. 

Por unos instantes, deseo escupirle las verdades de mi soledad, pero no sabría cómo expresar la realidad, ni tengo claro que vaya a servirle de ayuda.

Me gustaría decirle lo feliz que me hace acostarme con una mujer. Esa sensación increíble que me aporta felicidad absoluta. En esos instantes, no hay nadie más que mi felicidad y yo. Ellas solo son el medio para llegar al fin. Nos usamos mutuamente, y eso me hace sentir menos egoísta. Solo quiero que cumplan, que me hagan sentir bien durante un tiempo, porque eso es fácil: la felicidad efímera. Así no pueden fallarme, porque no espero más. Solo un rato de felicidad, y eso todo el mundo lo puede proporcionar. 

Entonces todo termina, antes o después, termina. Me acuesto boca arriba y evito mirarlas. Me regocijo en el placer de los segundos después de la felicidad, y entonces, ésta también se termina. Y tengo ganas de llorar. Tengo ganas de llorar porque antes, con ELLA, era feliz todo el rato, las 24 horas del día, a cada momento, en cada respiro. Feliz de una manera distinta, con cosas distintas, pero feliz, al fin y al cabo. Pero ahora no logro mantener esa felicidad, porque ELLA ya no está. Y nunca más a volver. 

Y yo sigo sobreviviendo, a base de pequeñas dosis de felicidad que nunca se parecerán a ELLA. 



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