Mi trasplante parte uno: Pablo y César.


Martes 29 de marzo de 2016.
César me llamó por la tarde para preguntarme si me apetecía hacer algo. Le dije sí, aunque en realidad no me apetecía. Pero, ¿qué iba a hacer si no? ¿Quedarme en casa otro días más, amarrada a una máquina de oxígeno como un perro a su correa? Porque es como me sentía desde hacía meses. Así que le dije que podíamos ir al Vequio, una cafetería algo cara, pero que tenía unos batidos muy ricos y enchufes por todos lados; porque eso nos interesaba, los enchufes para cargar la batería de mi máquina de oxígeno.
Para quien no lo sepa, César es uno de mis mejores amigos. A veces podría parecer que es mi novio, pero eso sería como un insulto, porque es mejor que eso. Aunque a su madre yo la llamo cariñosamente “mi suegra” porque, ¿la madre de qué amigo se va de balneario y me trae de regalo una crema corporal? Pocas. César y yo nos conocemos desde que tenemos 3 años porque íbamos al mismo colegio pero, como no coincidimos en la misma clase nunca, así que hasta los 16 años aproximadamente no nos hicimos verdaderos amigos. Así que ya llevábamos 8 largos años aguantándonos. En todos esos años, estuvo en mis ingresos hospitalarios, cargó con mi mochila de oxígeno, alabó mis conquistas, criticó mis desamores, y “odió” a mis ex novios por no ser lo suficientemente buenos para mí.
En fin, que me vino a buscar sobre las 17:30 y nos dirigimos al centro comercial, yo sufriendo por respirar a cada paso, y César llevándome la mochila. Me pedí un zumo de naranja natural bien coladito y un bocadillo de jamón serrano. César tenía cosas que hacer por la tarde, así que decidimos separarnos por un tiempo y quedar para cenar y ver Orphan Black, la nueva serie que habíamos empezado a ver online. Llamé a Jose para que viniera también, y quedamos en mi casa a las 22:00. Jose es otro gran amigo, y se ofreció a cocinar setas con no sé qué, porque sabe que me encantan las setas (o quizá le apetecían a él).
Subí lentamente las escaleras de mis dos pisos y me conecté rápidamente al oxígeno casero para subirlo a 6 litros y poder recuperarme del esfuerzo. Después lo bajé a 3 litros, como era costumbre. Me levanté del sillón de mi habitación, y 10 segundos después sonó el teléfono Motorola de tapa, ese que ni cámara tenía. Me lo había comprado únicamente para que me llamaran del trasplante, pero estaba segura de que otra vez eran los pesados de Vodafone o Moviestar que querían ofrecerme algo. Nadie más que los médicos sabían ese número. Ni mi madre, ni mi padre, ni yo misma. Nadie. Pero ya el primer día que lo había compra me había llamado un comercial, algo que no comprendía, porque existe algo de que se llama ley de protección de datos, pero bueno. Levanté la tapa con tranquilidad, y carraspeé la garganta para gritarle al comercial que creía que se encontraba al otro lado.
–¿Eres Andrea Vilariño?
–Sí.
–Soy Fulanita de Tal, te llamo de la unidad de trasplantes del hospital. Ha aparecido un donante que es perfecto para ti.
Se crea un silencio sepulcral. No podría escribir qué pensé, porque no pensé. Solo estaba ahí, de pie, con los gritos silenciándose en mi boca.
–¿Te estoy dando un susto de muerte, no? Tú tranquila. A partir de ahora no comas nada. Tienes que venir para el hospital cuanto antes, e ir a la cuarta planta, la de admisiones y decir que te han llamado para un trasplante. ¿Cuánto crees que puedes tardar?
–No lo sé. Una hora como mucho. Voy para ahí.
Y colgué el teléfono. Grité todo lo fuerte que pude y me dirigí a la cocina. Anabel, mi compañera de piso, estaba ahí. Me costaba respirar, así que volví a subir los litros del oxígeno.
Qué pasou? (¿Qué pasó?) <El gallego me parece demasiado bonito para omitirlo, así que lo escribiré en los dos idiomas>.
–Me han llamado para el trasplante.
Qué dis? E agora que tes que facer? (¿Qué dices? ¿Y ahora qué tienes que hacer?)
–Ay, no sé, no sé. Tengo que pensar. Voy a llamar a mi madre.
–Ma. No te pongas nerviosa. Me han llamado para el trasplante. Tenemos que ir ahora para el hospital –le digo a mi madre.
–Ah, ah, ah… Vale, vale. Voy para ahí.
–Pásame a Pablo.
–¡PAAAAAAAAABLOOOOOOOOO! ¡ES TU HERMANA, CORRE, PONTE AL TELÉFONO!
–¡Hola! –me responde.
–Hola, mi amor. ¿Qué tal hoy en el cole? –hago verdaderos esfuerzos por no llorar al pensar que puedo no volver a oír su voz al día siguiente.
–Bien. ¿Ya te han llamado para los pulmones nuevos?
–Sí.
–¿Y ya no vas a tener que usar oxígeno? ¿Y podrás correr? ¿Y ya no vas a toser más?
–No.
–¿Y qué pasa si la operación sale mal?
–No va a salir mal.
–¿Pero qué pasa si pasa?
–Pero eso no va a pasar.
–¡Ui, ui, ui, ui ui…!
–Pero que sepas que te quiero más que a nada en el mundo.





3 comentarios:

  1. Que bonito Andrea, se me saltan las lagrimas de pensar que yo, cuando me toque pasaré por ello. Si me toca o paso por ello. Pero tengo miedo de que eso llegue por las operaciones que tengo ya por el intestino

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  2. Animo a todos imagino es duro pasar por eso pero sois valientes y conseguireis recuperaros ,bicoss ☺😘

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  3. Andrea... gracias por compartir estas vivencias. Transmites muy bien las emociones. Pero me gusta especialmente lo sencillamente que expresas la dependencia del oxígeno y lo bien que lo manejas según las necesidades que tenías. Yo he conocido esa experiencia en personas mayores, y así como compartían el mismo sentimiento que plasmas tú, no tenían esa capacidad de autonomía que tú expresas tan bien, de buscar un sitio que te permita utilizar el concentrador y también decidir el ajuste del caudal de la máquina para cuando necesitabas más aporte.

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